El silencio de las palabras

Aquellos momentos que tilda mi mente como los mejores, son aquellos que, de forma inesperada, aparecieron en mi vida de golpe, y ella, está entre uno de ellos.

Todo ocurrió en una cafetería de esas anónimas, repartidas por las ciudades, donde pude darme cuenta de lo que era capaz de realizar "Dios". Era un día en el que el tiempo no estorbaba, y el espacio, se reducía al tamaño de un pañuelo.

Yo la miraba con sorpresa. Pertenecía a ese pequeño grupo de personas que parece que han sido elaboradas a conciencia, donde reside una belleza que siempre va a ser permanente. Era aquella flor distinta del resto, que desentonaba entre las demás, esa que aunque no compartiera los colores tan vivos como el de sus compañeras, te obligaba a pararte para dedicarla dos segundos a contemplarla.

Nuestras miradas se encontraron, llenas de una soledad distinta que nos ahogaba. Lo que más me impactó es que el color tan vivo de sus ojos me observaban como yo la observaba a ella. 

Dentro de mi torbellino de pensamientos, una de sus manos me invitó a sentarme. Despacio, me levanté de la silla, me coloqué bien la ropa, y me acerqué a ella. A pesar de que su rostro estaba surcado por algunas arrugas, no pude parar de asombrarme por la belleza que desprendía.

-¿Cómo te llamas pequeña? -me preguntó dulcemente.

-Mi nombre es Alma -contesté algo nerviosa-. ¿Y tú?

-Yo Esperanza -respondió alegre-, ¿te apetece un poco de chocolate?

Me senté a modo de respuesta en su mesa. Pensé divertida que era lógico que su nombre encerrara todo lo que su ser deprendía: La esperanza es lo último que se pierde, es la llama que siempre anda encendida aunque ya nos hayan vencido, y sobre todo, es el brillo que aquella mujer tenía en su mirada a pesar de que las dos coincidimos en dos soledades. Como leyéndome el pensamiento, empezó a susurrarme:

-¿Sabes? Creo que tu nombre te hace justicia.

Aunque no la llegué a comprender del todo, solté una pequeña risotada. Pasamos toda la tarde de aquel día calladas, ignorando al tiempo, y agradeciendo al mundo que fuera un pañuelo.

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