Desconocida

—¿Vas a decirme de una vez qué es lo qué te ocurre? —inquirió Alma apesadumbrada.

En una calle de Madrid, se reunían dos amigas en una cafetería sin nombre, de esas que se repiten por doquier en cualquier ciudad. Sofía sujetaba su taza con las dos manos, y con la mirada perdida, se zambullía en el café, haciendo caso omiso del tercer grado de su acompañante.

—No lo entenderías —fue la respuesta que consiguió articular Sofía volviendo así a la realidad—, ni yo lo comprendo.

—Podrías intentarlo —contestó Alma con una voz más apaciguadora, esforzándose por crear un clima más relajado para que su amiga pudiera desahogarse.

«No lo llegarás a entender nunca Alma, no soy capaz de explicarlo —comenzó a pensar Sofía simulando la conversación que querría tener—, siento que el mundo a mi alrededor se desmorona, que en mis hombros llevo un peso al que no he conseguido poner nombre. Estoy vacía, casi rota, y tengo una lucha constante con el tiempo que no para de recordarme que no soy la niña de ayer. Todo son problemas, y me estoy abriendo a un nuevo mundo que me aterra, lleno de números y cuentas que indican cuánta felicidad voy a poder disponer hasta final de mes. Los días se pasan lentos, y con Carlos ya no es lo de antes, ya no hay brillo en nuestra mirada, no tenemos ilusión, y las únicas palabras que nos dedicamos salen de nuestros labios en forma de disputa. En realidad, me siento pequeña, frágil, infravalorada, cansada, fea, estresada… y muchos etcéteras que se reducen a una cuestión importante: no sé cómo pediros ayuda»

—¿Y bien? —preguntó Alma interrumpiendo los pensamientos de su amiga con toda la delicadeza de la que disponía.

—No te preocupes —afirmó Sofía con una sonrisa temblorosa dispuesta a callarse una vez más lo que sentía por no hacer daño al resto, por no enfrentarse a la cruda verdad—. Solo… en realidad… solo me siento rara.

Alma respiró con alivio, todo el mundo tenía un día raro en el que no sabía cómo se encontraba, era mejor no darle importancia a lo común del día a día. Satisfecha con la contestación de su compañera, se dispuso a pasar una tarde como otra cualquiera, hablando de lo de siempre con una total desconocida.


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