¿Cuánto tiempo es para siempre?

Sonó la puerta otra vez de la misma forma que aquella noche. 

Su respiración estaba agitada, sus ojos se posaron en los míos, y sin decir nada, le invité a pasar. Allí, en la entrada, nos fundimos en un abrazo, y de forma inexplicable sentí como sus heridas invisibles otra vez se abrían lentamente, cerré los ojos, y entonces, comencé a recordar.

Era una noche sin estrellas, la ciudad estaba envuelta en sombras, y en medio de la nada, una habitación se encontraba encendida por una tenue luz que desprendía humo de historias rompiendo aquel paisaje que dormía en tinieblas. 

Nerviosa, mis manos temblorosas comenzaron a acariciar su rostro indicando el hecho de que estaba preparada para perderme, él posó sus labios en mi frente, y con una sonrisa agridulce, comenzamos a olvidar. 

Nos dejamos llevar por el tiempo, por las caricias suaves y melancólicas. Jugamos a ser conocidos entre unas delicadas sábanas, y por sorpresa, el destino nos mostró que compartíamos las mismas heridas de similares guerras. 

Lamí su piel borrando sus recuerdos, mordió mi cuello en el momento en el que me acordaba de aquella sonrisa que echaba tanto de menos. Nos amamos sólo una noche apartando de ésta toda clase de normas y reglas. Queríamos descubrir si el conejo de Alicia en el País de las Maravillas llevaba razón, buscábamos un segundo entre los dos que se convirtiera en un para siempre. 

El sudor se confundía, nuestras pieles se apartaron, y con rostros de terror, nos miramos detenidamente descubriendo lo que habíamos hecho: habíamos jugado a ser adultos teniendo envenenada el alma con rabietas de niños. 

De forma confusa nuestras heridas parecían curadas, pero en realidad lo que no sabíamos es que sólo las colocamos unos parches a través de nuestros cuerpos olvidándonos de lo que nos decían nuestras almas. Maldita noche de huidizas estrellas, parecía que nos había salvado y en realidad nos condenó más a nuestros pozos internos. 

Nos sentamos en el salón, él no paraba de llorar, sus heridas invisibles estaban abiertas más de lo normal. Tenía que hacer algo a pesar de que estaba asustada, el hecho de tener temor en ese momento sólo me provocó ansiedad y congoja.

-Tranquilo, cuéntame lo que ha pasado.

+Es horrible, por favor, bésame. 

-No podemos hacer lo de la otra vez. Mírate, míranos... No nos hizo bien.

Hubo un silencio pesado.

+¿Por qué salí con ella? ¿Por qué me dijo qué me amaba? ¿Por qué demonios me enamoré?

Me levanté del sofá, comprendí al instante porque estaba asustada, él era la viva imagen de lo que me estaba atormentado día sí y día también desde hace unas semanas. Mirando a través de la ventana sin observar el paisaje continué hablando.

-No estás en la edad de buscar el porqué del mundo. Estás en la edad de no pensar y de sólo experimentar.

+Está con otro.

Una lágrima recorrió mi mejilla.

-Él también está con otra.

Hubo una pausa de consuelo.

+Sigo sin entenderlo.

Después de largos minutos de reflexiones y de envenenamientos internos, rompí el silencio de forma segura y precisa.

-Cometamos una locura otra vez, ¿Te parece? Dejemos todo a un lado. Volvamos a empaparnos en otro error.

Él paró de llorar, y levantándose del sofá, se acercó a la ventana siguiéndome en mi ajetreada tarea de no observar nada más que recuerdos rotos y paisajes ausentes.

+¿Qué es lo qué propones?

Me limpié las lágrimas y levantando la ceja busqué sus ojos vacíos. 

-Esta noche será otra noche sin estrellas, pero está vez no nos desnudaremos el cuerpo para combatir nuestras heridas.

+¿Qué haremos entonces?

Me acerqué a su oreja y susurrándole al oído le dije:

-Esta noche nos desnudaremos el alma. 


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