Volviendo a ser niña

Mirando hacia la ventana, tumbada en mi cama, me pierdo en los recuerdos del ayer.
 

Sólo era una niña cuando miraba hacia las verjas que se posan en el exterior e impedían que los ladrones y los monstruos de ahí fuera entraran a través de los frágiles cristales que decoran mi habitación. No quería que me robaran mis mayores tesoros: la pluma de ese ángel, la anilla de una lata, el pequeño peluche que salve en un día de lluvia, y mi pequeña caja musical con la canción de la película El mago de Oz que me hacía recordar a los bonitos girasoles. 

Ahora sentía un terror mucho mayor. Noté una caricia en mi espalda mientras mi respiración se entrecortaba, una caricia que dolía, una caricia que se ausentaba y perecía. Cada dedo que se posaba en mi cuerpo se convertía en un pensamiento punzante. No me sabían los besos como antes, la decepción era el sabor que recorría mi paladar, y a cada nuevo abrazo, las cosquillas morían en mi estómago y el corazón poco a poco se iba envejeciendo.

De forma automática quise darle la espalda a la ventana para huir de los monstruos, de los ladrones, y de las pesadillas de allí fuera, del dolor que causaba la gente, de lo anormal y de las más tristes bellezas, y en un pequeño instante, comprendí el error fatal que cometí.
...

Entre las sábanas me intento acurrucar omitiendo mi insolencia. Apretando mis puños deseo ser otra vez ser pequeña para que mi habitación se convirtiera en esa fortaleza que fue. Otra nueva caricia, ahora menos dolorosa que antes, un nuevo beso que ya no me sabía a nada, un abrazo que no creaba ni las menores cosquillas... Porque los monstruos eran esos pensamientos punzantes que me atormentaban, porque las pesadillas eran las sombras que no me dejaban dormir, porque yo era una triste belleza del dolor que yo misma me había causado en arrebatos que carecían de normalidad... Me había enamorado de un ladrón, había olvidado a mi niña interior que ahora sin respiración temblaba despierta y compartía con uno de sus mayores miedos sus sábanas. 

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